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un miércoles cualquiera

Me despierta mi padre a las 8.00 a.m., hora a la que suelo salir de casa cualquier miércoles como hoy. “Estefany, ¿Por qué no te has levantado ya?” Me visto corriendo y mi mente no me permite desenfadarme por el descuido. Estresada hasta lo más porfundo, pensando en las muchas cosas que tengo que hacer y en lo mal que ha empezado el día, robo cinco minutos al reloj para arrodillarme ante el Señor.

Señor, dame tu paz, dame tu tranquilidad. Quita la ansiedad, el estrés, el agobio. Ayúdame! Dame tu fuerza y tu poder, por que sin ti no puedo… Lléname con tu Espíritu, Padre. Límpiame y lléname de paz.

Y leyendo la Biblia me contestó:

“Bienaventurado el hombre que tiene

en ti sus fuerzas,

en cuyo corazón están tus caminos.

Atravesando el valle de lágrimas

lo cambian en fuente,

cuando la lluvia llena los estanques.

Irán de poder en poder;

Verán a Dios en Sion.

Jehová Dios de los ejércitos, oye mi canción;

Escucha, oh Dios de Jacob.

Mira, oh Dios, escudo nuestro,

y pon los ojos en el rostro de tu ungido.

Porque mejor es un día en tus atrios

que mil fuera de ellos.

Escogería antes estar a la puerta

de la casa de mi Dios,

que habitar en las moradas de maldad.

Porque sol y escudo es Jehová Dios,

gracia y gloria dará Jehová.

No quitará el bien a los que andan en integridad.

Jehová de los ejércitos,

dichoso el hombre que en ti cofía”

Salmo 84:5-12

Gracias Señor por ser cada día mi consuelo y mi refugio. Gracias por ser mi fortaleza! Te alabo Dios

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